Los nuevos caciques
Euclides Lacuña
Las representaciones políticas en los congresos estatales y en el la Unión, en su etapa institucional, fueron determinadas por el antiguo Partido Revolucionario Institucional (PRI) y en el transcurso del tiempo han ido cambiando de origen y forma. En cuanto a su origen popular, y de forma directa mediante elección, las representaciones políticas surgieron de las organizaciones sociales gremiales aglutinadas en torno al PRI como sectores sociales accesorios de ese partido político que durante mucho tiempo fue partido único. Del sector popular, campesino, magisterial, burocrático, entre otros gremios que fueron cooptados por el PRI, surgieron los diputados, senadores, diputados locales y alcaldes que se distinguían por ser más ladrones y lambiscones, e incluso de entre millones de políticos de baja ralea, se daban el lujo de formar políticos de alta categoría como lo fue en su tiempo Plutarco Elías Calles, Adolfo López Mateos, Lázaro Cárdenas, Bernardo Sepúlveda Amor, Jesús Silva Herzog y el gurú del PRI como fue Jesús Reyes Heroles.
En esa “democracia” que le encantaba tanto a los intelectuales orgánicos como Enrique Krauze, y que en realidad era una dictadura de partido simulada como democracia, se avanzó y de pronto nos dimos cuenta que los principales enemigos de México, los grandes empresarios del norte y del Estado de México, habían pasado a ser políticos y representantes “populares” y de pronto fueron gobernadores y presidentes de la república. Y es que, del PAN, comenzaron a emigrar al PRI y a hacerse de cargos de representación popular, y luego de apoderarse del PRI, desde sus puestos de representación legitimaron y legalizaron el gran atraco a la nación. Eso, que socialmente es uno de los absurdos más surrealistas en México (¿qué imbécil puede creer que un empresario va a representar los intereses populares?) ha estado vigente en nuestro país por lo menos 60 años. Esos mismos más tarde, pusieron como sus representantes a los empresarios de los medios de comunicación, los cuales desde entonces tienen su propia bancada que defiende sus intereses empresariales y que en todo momento han ido en contra de los intereses de la nación. Televisa, de los Azcárraga, TV Azteca, de los Salinas Pliego, y los poderosos dueños de empresas radiofónicas han tenido sus bancadas de diputados y senadores y han impulsado como políticos a los dueños de esos negocios o a sus familiares.
Con el advenimiento de los partidos de izquierda a los congresos se abrió el espacio a las mujeres, y poco a poco se fueron posicionando como sector, al grado de alcanzar actualmente el 50 por ciento de los escaños, sin importar si tienen merecimientos políticos y trabajo social como para ser representantes populares. De la misma forma han ido accediendo de forma directa a la representación los grupos “minoritarios”, eufemismo neoliberal con el que se nombra ahora a los jotos, las prostitutas y lesbianas, los discapacitados, y tantos otros ciudadanos que en sí representan votos para los partidos políticos y para los llamados actores políticos.
Pero lo que nunca se imaginó la ciudadanía es que otro sector de la sociedad llegara a los puestos de representación popular, aunque fuera de forma indirecta, pero firme y segura: los delincuentes comunes, aglutinados en cárteles o asociaciones delictuosas, identificados plenamente como tales, que han logrado imponer a sus representantes en el congreso de la Unión, en las senadurías, en las alcaldías, en los congresos estatales. Eso, que anteriormente era una actividad encubierta, y era un secreto a voces, en la actualidad es una realidad visible, sensible y tangible. Es visible porque cualquiera identifica a los alcaldes, diputados locales y federales, senadores y gobernadores, que representan a los grupos delincuenciales. El caso más claro es el del gobernador de Tamaulipas, acusado de delincuente y colusión con grupos delincuenciales, y que es protegido por el Poder Judicial, que no ha sido querido decir si tiene fuero o no. Es sensible porque para llegar a ganar las representaciones los delincuentes se hacen sentir, también de una manera abierta, sobre los ciudadanos electores a los que amenazan para que no voten por los que no son sus candidatos. Es tangible porque se pueden identificar plenamente y no pasa nada. Ellos, sí ellos, son los nuevos caciques de la política.