Nosotros
le amamos a él, porque él nos amó primero. 1 Juan 4:19.
Juan
se distingue de los otros apóstoles como el “discípulo a quien amaba Jesús”.
Juan 21:20… Recibió muchas pruebas de la confianza y el amor del Salvador. Juan
era uno de los tres a los cuales les fue permitido presenciar la gloria de
Cristo sobre el monte de la transfiguración, así como su agonía en el
Getsemaní, y fue a él a quien nuestro Señor confió la custodia de su madre en
aquellas últimas horas de angustia sobre la cruz.
La
naturaleza de Juan anhelaba el amor, la simpatía, el compañerismo. Se acercaba
a Jesús, se sentaba a su lado, se apoyaba en su pecho. Así como una flor bebe
del sol y del rocío, así él bebía de la luz y la vida divinas.
La
profundidad y fervor del afecto de Juan hacia su Maestro no era la causa del
amor de Cristo hacia él, sino el efecto de ese amor. Juan deseaba llegar a ser
semejante a Jesús, y bajo la influencia transformadora del amor de Cristo,
llegó a ser manso y humilde. Su yo estaba escondido en Jesús. Sobre todos sus
compañeros, Juan se entregó al poder de esa maravillosa vida… Juan conoció al
Salvador por experiencia propia. Las lecciones de su Maestro se grabaron sobre
su alma. Cuando él testificaba de la gracia del Salvador, su lenguaje sencillo
era elocuente por el amor que llenaba todo su ser.
A
causa de su profundo amor hacia Cristo, Juan deseaba siempre estar cerca de él.
El Salvador amaba a los doce, pero el espíritu de Juan era el más receptivo.
Era más joven que los demás y con mayor confianza infantil, abrió su corazón a
Jesús. Así llegó a simpatizar más con Cristo, y mediante él, las más profundas
lecciones espirituales de Cristo fueron comunicadas al pueblo…
Juan
pudo hablar del amor del Padre como no lo pudo hacer ningún otro de los
discípulos. Reveló a sus semejantes lo que sentía en su propia alma,
representando en su carácter los atributos de Dios… La belleza de la santidad
que lo había transformado brillaba en su rostro con resplandor semejante al de
Cristo. En su adoración y amor contemplaba al Salvador hasta que la semejanza a
Cristo y el compañerismo con él llegaron a ser su único deseo, y en su carácter
se reflejó el carácter de su Maestro.*