Pero yo os digo la verdad:
Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a
vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Juan 16:7.
El Consolador que Cristo prometió enviar después de su
ascensión al cielo, es el Espíritu en toda la plenitud de la Divinidad, que
pone de manifiesto el poder de la gracia divina a todos los que reciben a
Cristo y creen en él como Salvador personal.
El Espíritu Santo mora con
el obrero consagrado de Dios dondequiera que esté. Las palabras habladas a los
discípulos son también para nosotros. El Consolador es tanto nuestro como de
ellos.
No hay consolador como
Cristo, tan tierno y tan leal. Se conmueve con los sentimientos de nuestras
debilidades. Su Espíritu habla al corazón. Las circunstancias pueden separarnos
de nuestros amigos; el amplio e inquieto océano puede agitarse entre nosotros y
ellos. Aunque exista su sincera amistad, quizá no puedan demostrarla haciendo
para nosotros lo que recibiríamos con gratitud. Pero ninguna circunstancia ni
distancia puede separarnos del Consolador celestial. Doquiera estemos, doquiera
vayamos, siempre está allí. Alguien que está en el lugar de Cristo para actuar
por él. Siempre está a nuestra diestra para dirigirnos palabras suaves y
amables; para asistirnos, animarnos, apoyarnos y consolarnos. La influencia del
Espíritu Santo es la vida de Cristo en el alma. Ese Espíritu obra en, y por
medio de todo aquel que recibe a Cristo. Aquellos en quienes habita este
Espíritu revelan sus frutos: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad,
fe.
El Espíritu Santo siempre
mora con los que buscan la perfección del carácter cristiano. El Espíritu Santo proporciona la
pureza de motivos que sostiene al alma creyente, que lucha en toda emergencia y
frente a toda tentación. El Espíritu Santo sostiene al creyente en medio del
odio del mundo, la hostilidad de los parientes, el desengaño, el descubrimiento
de la imperfección, y las equivocaciones de la vida. La victoria es segura para
los que miran al Autor y Consumador de nuestra fe… El llevó nuestros pecados,
para que por medio de él, pudiéramos tener excelencia moral y alcanzar la perfección
del carácter cristiano.