“A Jehová tu Dios temerás, y
a él solo servirás”. Deuteronomio 6:13.
“Otra vez le llevó el diablo
a un monte muy alto… y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares”.
Este fue el esfuerzo
culminante de Satanás. En él desplegó todo su poder engañador. Fue el atractivo
encanto de la serpiente. Desplegó todo su poder de fascinación sobre Cristo
impulsándolo a someter su voluntad bajo el dominio de la suya. En su debilidad
Cristo se aferró a Dios. La divinidad fulguró a través de la humanidad. Cristo
permaneció como el Comandante del cielo y sus palabras fueron las de Uno que
tenía toda la autoridad: “Vete, Satanás, porque escrito está: al Señor tu Dios
adorarás, y a él solo servirás”.
Satanás había puesto en duda
que Jesús fuera el Hijo de Dios. En su sumaria despedida tuvo una prueba que no
podía contradecir. La divinidad fulguró a través de la humanidad doliente.
Satanás no tuvo poder para resistir la orden. Retorciéndose de humillación e
ira, se vio obligado a retirarse de la presencia del Redentor del mundo. La
victoria de Cristo fue tan completa como lo había sido el fracaso de Adán.
Cristo anticipaba los largos
años de conflicto que vendrían en el futuro entre los seres humanos y este
sutil enemigo. El Señor es el refugio de todos los que, asediados por la
tentación, acuden a él. La tentación y la prueba han de venir sobre cada uno de
nosotros, pero nunca debemos ser dominados por el enemigo. Nuestro Señor ha
vencido en nuestro beneficio. Satanás no es invencible. Día en día él enfrenta a
aquellos que padecen prueba, esforzándose por medio de sus artificios para
ejercer dominio sobre ellos. Su poder acusador es grande y es en este aspecto
que logra vencer. Cristo fue tentado para que nosotros pudiésemos saber cómo
ayudar a toda alma que habría luego de padecer la tentación. La tentación no es
pecado; el pecado consiste en ceder a la tentación. Para el alma que confía en
Jesús la tentación significa victoria y una mayor fortaleza.
Cristo está preparado para
perdonar a todos los que acuden confesándole sus pecados. Al alma que lucha con
sus tribulaciones y pruebas, le dice: “¿Forzará alguien mi fortaleza? Haga
conmigo paz; sí, haga paz conmigo”. Gracias a Dios contamos con un sumo
sacerdote que se compadece de nuestras debilidades porque él fue tentado en
todo igual que nosotros.—Manuscrito 113, 1902.