Penina, su rival, solía
atormentarla para que se enojara, ya que el Señor la había hecho estéril.1
Samuel 1:6
Elcana tenía dos mujeres:
Ana, su preferida, era estéril; Penina, por su parte, tenía hijos. Penina
irritaba a Ana. Como no era la favorita, buscaba herir a su rival. Ana se
sentía humillada y lloraba, aun cuando su marido intentaba complacerla.
Por un tiempo, ella
reaccionó así a las provocaciones. Hay situaciones de emergencia que exigen
reacciones intensas y rápidas. El problema sucede cuando transformamos
cualquier situación en una emergencia y nos mantenemos en constante estado de
alerta.
Si alguien hace algo,
debemos hacer algo en respuesta. Si alguien dice algo, tenemos que decir algo
en respuesta. A veces terminamos hablando lo primero que se nos viene a la
mente y después nos arrepentimos.
Muchas de esas reacciones
son precipitadas. No pensamos honestamente acerca de lo que necesitamos hacer y
cómo queremos lidiar con la situación. Permitimos que todos y todo a nuestro
alrededor controlen cuándo estaremos felices y en paz, cuándo nos enojaremos,
qué diremos, haremos, pensaremos y sentiremos.
Así, renunciamos a nuestro
poder personal, dado por Dios, de pensar, sentir y comportarnos de la mejor
manera. A veces parece más fácil reaccionar que detenernos para pensar cómo
deseamos controlar la situación.
Cuando reaccionamos
demasiado rápido y con excesiva intensidad, raramente conseguimos hacer lo
mejor en esa situación. La ironía es que no deberíamos hacer nada en ese estado
de espíritu.
Pocas cosas en esta vida no
pueden esperar para ser realizadas una vez que estemos en calma. ¿Será que es
necesario reaccionar precipitadamente solo porque nos parece que las cosas no
deberían estar sucediendo de tal manera, porque no nos sentimos bien con
respecto a nosotras mismas, porque la mayoría de las personas reaccionan de esa
o de aquella manera?
No tenemos que reaccionar
así. Los mismos hechos y los mismos recursos existirán tanto cuando estamos en
paz como cuando estamos neuróticas y desesperadas. Pero, bajo control, la mente
y las emociones funcionarán ey en el nivel más elevado.
No tenemos que renunciar a
nuestro poder de pensar o sentir por causa de alguien o de alguna situación. Lo
mejor que podemos hacer es poner a Dios siempre delante de nuestras reacciones.
Cuando Ana hizo eso, todo cambió. ¿Por qué no experimentamos eso también?