Pero Dios el Señor llamó al
hombre y le dijo: «¿Dónde estás?».Génesis 3:9
Era tarde en el Edén. El
clima era diferente, y el jardín estaba en silencio. De un lado, había una higuera
parcialmente deshojada, como si hubiera enfrentado un fuerte vendaval. Del
otro, ejemplares del fruto prohibido esparcidos por el suelo.
Mientras Adán y Eva se
escondían con su vestimenta de hojas que aún goteaban savia, el Señor salió en
busca de los hijos perdidos. La Biblia informa que la pareja sintió miedo al
oír los pasos de Dios, que caminaba por el jardín al caer la tarde (Gén. 3:8,
10).
La vergüenza y el
remordimiento invadieron sus corazones como las sombras del atardecer. Sin
embargo, es hermoso notar la forma en la que el Señor actuó en esta situación.
Fue hasta ellos caminando, como siempre lo hacía.
No corrió apresuradamente,
como si estuviera impulsado por un sentimiento de ira. Mucho menos apareció
desinformado, como si algo hubiera escapado de su control. Al contrario, vino
de manera tranquila, segura, como lo hacía en su paseo habitual.
Así, Dios demostró cómo
funciona la gracia en tiempos de crisis. La pregunta «¿Dónde estás?» demuestra
el infinito amor divino por los pecadores. No fue el ser humano quien buscó a
Dios; fue Dios quien buscó al ser humano.
La iniciativa y el medio de
salvación siempre parten de él. «En esto consiste el amor» -dice la Biblia-:
«no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y
envió a su Hijo como expiación por nuestros pecados» (1 Juan 4:10).
Al interrogar a sus hijos en
aquel atardecer, Dios quería sacar lo que estaba escondido en sus corazones.
Ese método divino ha atravesado los milenios y llega hasta nosotros hoy. Dios
quiere un diálogo «cara a cara», una relación de confianza e intimidad.
Él nos dice: «Vengan,
entonces, y razonemos […]. Aunque sus pecados sean como la grana, como la nieve
serán emblanquecidos. Aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como
blanca lana» (Isa. 1:18).