Cuando [Jesús] llegó cerca de la puerta de la ciudad, sacaban afuera a un difunto, hijo único de su madre, que era viuda. Lucas 7:12
Naín era una pequeña ciudad
situada a 40 kilómetros de Capernaum y a 8,5 kilómetros de Nazaret. Su única
vía de acceso era un camino empinado, donde había un antiguo cementerio de
tumbas excavadas en la roca.
Probablemente, cuando Jesús
se dirigió allí con sus discípulos, vio ese cementerio, que era una especie de
«tarjeta de presentación» de la ciudad. is Al entrar en Naín, Cristo y su
comitiva se encontraron con una procesión fúnebre, un séquito de sufrientes
encabezado por una viuda y su hijo único, fallecido, dentro de un ataúd de
mimbre.
El brillo de la vida de esa
mujer se había apagado como el crepúsculo de un día de invierno. Tiempo antes,
ella había perdido a su esposo, el proveedor de la familia; y ahora, a su único
hijo. La adversidad que sufrió la viuda conmovió a gran parte del pueblo, que
se unió a ella en sus pasos hacia el sepulcro.
La escena era conmovedora.
Lo más preciado en la vida de aquella mujer ahora les haría compañía a las
piedras del sombrío cementerio. Era una realidad asfixiante, una pesadilla
real.
Lo que la pobre viuda no
esperaba ese día era que la marcha de la muerte se cruzaría con el cortejo de
la vida. Los pasos que se dirigían al cementerio encontraron las huellas firmes
de la gracia restauradora.
Al mirar a aquella mujer,
Jesús «se compadeció de ella y le dijo: ‘No llores'» (Luc. 7:13). ¿Quién en
este planeta tiene la autoridad para decir en un funeral que no se llore?
¡Absolutamente nadie!
En una situación de luto,
llorar es lo mejor que se puede hacer; es un intento de aliviar el dolor del
corazón. Sin embargo, para Cristo, la sonrisa es mejor que el llanto.
El Maestro no solo habló,
sino también tocó el ataúd. Aquel que tiene en sus manos las llaves de la
muerte y del sepulcro (Apoc. 1:18) llamó al joven de vuelta a la vida. Para
asombro de todos, aquel cuerpo no se quedó inmóvil. Inmediatamente volvió a la
vida.
A continuación, vemos una de
las escenas más hermosas del evangelio: Jesús devuelve al hijo a los brazos de
su angustiada madre. Eso fue un spoiler de lo que ocurrirá cuando Cristo
regrese.
Hasta que él vuelva, las
tristezas de este mundo nos harán llorar. Pero, en aquella maravillosa ocasión,
las lágrimas serán solo de alegría. (La Jornada)