Bienaventurados de aquí en
adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán
de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen. Apocalipsis 14:13.
No le tocó a Eliseo seguir a
su maestro en un carro de fuego. Dios permitió que le aquejase una enfermedad
prolongada. Durante las largas horas de debilidad y sufrimiento humanos, su fe
se aferró a las promesas de Dios, y contemplaba constantemente en derredor suyo
a los mensajeros celestiales de consuelo y paz. Así como en las alturas de
Dotán se había visto rodeado por las huestes del cielo, con los carros y los
jinetes de fuego de Israel, estaba ahora consciente de la presencia de los
ángeles que simpatizaban con él; y esto le sostenía. Durante toda su vida había
ejercitado una fe fuerte; y mientras progresaba en el conocimiento de las providencias
y la bondad misericordiosa del Señor, su fe había madurado en una confianza
permanente en su Dios; y cuando la muerte le llamó, estaba listo para entrar a
descansar de sus labores…
Con el salmista, Eliseo pudo
decir con toda confianza: “Empero Dios redimirá mi vida del poder de la
sepultura, cuando me tomará”. Y con regocijo pudo testificar: “Yo sé que mi
Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo”. “Yo en justicia veré tu
rostro: seré saciado cuando despertare a tu semejanza”.—La Historia de Profetas
y Reyes, 197.
Cristo reclama como suyos a
todos los que han creído en su nombre. El poder vitalizador del Espíritu de
Cristo que mora en el cuerpo mortal, vincula a cada alma creyente a Jesucristo.
Los que creen en Jesús son sagrados para su corazón, porque su vida está oculta
con Cristo en Dios…
¡Qué mañana gloriosa será la
de la resurrección! ¡Qué maravillosa escena ocurrirá cuando Cristo venga para
ser admirado por los que creen! Todos los que participaron de la humillación y
los sufrimientos de Cristo también participarán de su gloria. Mediante la
resurrección de Cristo, cada santo creyente que duerma en Jesús surgirá
triunfante de su prisión. Los santos resucitados proclamarán: “¿Dónde está, oh
muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” 1 Corintios 15:55;
Mensajes Selectos 2:309, 310.*