DESPEJAR
Los infiltrados
MISAEL TAMAYO NÚÑEZ
Retomemos hoy, amable lector, la preocupación que demostró el ex delegado del gobierno federal para programas sociales, Ivan Hernández Díaz, uno de los aspirantes a gobernador y quien se registró para disputar la coordinación estatal de comités de defensa de la Cuarta Transformación y la Soberanía Nacional, junto con otros 16 hombres y mujeres de Morena.
Ivan dijo que la prioridad de Morena debe ser evitar la “infiltración” del partido y defender a toda costa los postulados morenistas. Nótese la palabra que utilizó: infiltrar.
Este verbo puede utilizarse en varios ámbitos y de eso depende sus acepciones. Pero, en general significa introducir, penetrar, colar, meter.
Y como la política también es una guerra, usemos la acepción de infiltrar en el ámbito militar o de inteligencia, donde sería la acción de penetrar de forma encubierta en territorio enemigo o en organizaciones (bandas, grupos políticos, empresas) para obtener información o debilitarlos desde adentro. ¡Wow!
O bien, podría también significar introducirse en un partido, corporación, medio social, etc., con propósito de espionaje, propaganda o sabotaje.
A todo esto se refirió Ivan Hernández, cuando expuso su preocupacion de que Morena quede en manos nada más y nada menos que de “los infiltrados”, como en lo sucesivo les llamaremos.
Estos infiltrados están por todos lados. Hombres y mujeres de otros partidos que pudiendo entrar por la puerta del redil, se piensan brincar la cerca, y para ello están aprovechando este proceso interno en el que el partido guinda elegirá a los próximos gobernadores, diputados federales, diputados locales y presidentes municipales.
Y es que ¿por qué si querían migrar a este partido, no lo hicieron en el marco de la afiliación masiva que Morena realizó a principios de este año? Millones refrendaron su militancia y otros tantos se agregaron hasta sumar 12 millones, convirtiendo al partido guinda en el más grande a nivel mundial.
Al contrario, “los infiltrados” esperaron que una candidata definiera su participación en el proceso interno, para irse a la cargada. Ellos son los que están operando en el territorio, tratando de posicionar a Esthela Damián Peralta, ex asesora jurídica de la presidenta Claudia Sheinbaum. Ellos, “los infiltrados”, le dieron la bienvenida de manera abierta y descarada, en lo cual no se cumple eso de que actuarían de forma encubierta, como en las infiltraciones militares.
Es, digamos, una infiltración a ojos vistas. Descarada, desafiante, golpeadora, irreverente, irrespetuosa, maquiavélica, afectando incluso a quellos que pretenden adoptar por compañeros de partido.
Y no es para menos. El asiento de “los infiltrados” es el PRI, el ex partidazo en cuyo ecosistema, la élite, se convirtió en algo más complejo que un grupo político. Era toda una cultura política, con reglas no escritas, con códigos que se aprendían caminando territorio, acumulando favores, resistiendo el tiempo.
La pertenencia al partido se definía por el control. Control de gente, de sindicatos, de estructuras sociales, empresariales, eclesiales.
Y para ser priísta se debía tener una sola credencial: la capacidad de movilizar, de operar, de sostener. El mejor era el que sabía ganar donde no había reflectores, donde el Estado llegaba únicamente a través del partido, no por obras, no por servicios, no por educación. En el México desolado sólo una cosa unía a la gente: el partido de la banderita.
Ese era el PRI. Una práctica de control social, político y económico generalizada en todo el país. Liderazgos regionales, sindicatos, organizaciones campesinas, todos articulados en una red que funcionaba como sistema nervioso del poder. Una maquinaria que se reproducía sola, operada por hombres que entendían la política como un oficio de resistencia y acumulación de poder. Cero democracia.
Pero esa élite tenía reglas claras. La principal, disciplina. La segunda, lealtad. La tercera, silencio. La cuarta: trabajo. Ellos acuñaron lo de “suela, sudor y saliva”. Sin ellas, el control se perdía y representaba derrota en el mundo político electoral. Y por supuesto había consecuencias reales para quienes las violaban.
Si Morena quiere resistir un poco más como movimiento democrático y de transformación, debe evitar la infiltración, como advirtió Ivan Hernández Díaz. Cuidar los postulados que dieron lugar a Morena primero como movimiento de resistencia, luego como una asociación civil y finalmente como partido, para acceder al poder hace apenas 7 años, para transformar todo lo que la era neoliberal destruyó.
Pero para ello necesitan un partido que no se aleje de la gente, de los estados, regiones y municipios. Candidatos de “suela, sudor y saliva”, pero verdaderos, no inventados, no disfrazados. Gente que conozca el territorio y, sobre todo, que sepa resolver los problemas que se le plantean.
“Los infiltrados”, que ni siquiera supieron sobrevivir a su propia debacle, vienen con todas sus malas mañas a montarse a caballo ensillado. El PRD es para Morena su principal espejo, partido que quedó destruido precisamente por los infiltrados del aguirrismo, una de las rancias falanges del PRI en Guerrero. Y sin dejar de mencionar que los aguirristas, o lo que queda de ellos, van que vuelan también para Morena, por la puerta de Esthelado. Entonces, ahí se van a jugar Clavellina y Juan de Amor. Al tiempo.