El
cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y
quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado
la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la
diestra de la Majestad en las alturas. Hebreos 1: 3
Un
embajador representa a su país, recibe todas las órdenes de su gobierno y hace
todo lo necesario para llevar a cabo las tareas asignadas tal y como fueron
dadas. Sin embargo, hay ocasiones que algún embajador prefiere renunciar porque
no concuerda con las órdenes recibidas, ya sea porque van en contra de sus
principios o porque sencillamente alguna cosa no le gusta y no desea hacerla.
Otros
cumplen las órdenes, pero mantienen sus propias convicciones; hacen lo que dice
su gobierno, pero actúan y creen diferente. La cita de hoy menciona que Jesús
es la radiante gloria de Dios; la representación exacta de su poder.
Es
Señor realizó en es esta tierra la simple voluntad de su Padre y, aunque era
Dios, dejó que en su vida se desarrollara dicha voluntad: «No puedo yo hacer
nada por mí mismo […] porque no busco mi voluntad, sino «No la voluntad del que
me envió, la del Padre» (Juan 5: 30).
Jesús
representó a su Padre exactamente como fue planeado, vino a morir por la raza
caída y ningún elemento por difícil que fuera dejaría inconclusa la obra de
salvación. En el huerto del Getsemaní, el Señor liberó la batalla más crucial
para el ser humano.
La
Biblia relata que en su agonía era su sudor como grandes gotas de sangre que
caían hasta la tierra (Lucas. 22: 44) y, sin embargo, exclamó: «pero no se haga
mi voluntad, sino la tuya» (vers. 42). El punto importante es que Jesús no lo
hizo contra sus convicciones; no era una orden con la cual no estuviera de
acuerdo.
Sus
convicciones latían en la misma armonía que la de su Padre: «Porque el Hijo del
Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19: 10).
Después de que Jesús expió los pecados del hombre, se sentó a la diestra del Padre,
ocupando su lugar en la deidad del universo.
Era
Dios, fue Dios y seguirá siendo Dios por la eternidad, pero en la tierra fue el
representante de Dios, haciendo su voluntad para salvarte a ti y a mí. ¿Te das
cuenta cuánto estuvo en juego por darte una oportunidad de salvación? No hay
excusas ni para ti ni para nadie.
Jesús
ya ganó una salvación extraordinariamente grande y aceptarla o rechazarla
depende de cada uno. Así como vino de manera voluntaria a morir por ti, así
desea que cada uno decida por voluntad propia aceptarlo como su salvador.
¿Y
tú? ¿Qué harás? Toma la decisión de aceptarlo porque después puede ser
demasiado tarde. El tiempo de gracia es ahora, así que ven a Jesús como tu
salvación, porque todo es por su gracia.