Homero Rodríguez Serrano
“¡AL CARAJO!”
El accidente de la línea “dorada” representa una tragedia de enormes dimensiones y con dos facetas. La primera, porque perdieron la vida 26 personas y resultaron lesionadas 79. El enojo social creció por la negligencia de las autoridades en las horas posteriores, incapaces de reaccionar ante el dolor y la angustia de los familiares que, en medio las lágrimas y del desorden, buscaban a los suyos.
En septiembre de 1969, cuando fue inaugurado, era motivo de orgullo para millones de mexicanos, lamentablemente con el paso del tiempo, ha dejado de serlo. El Metro del entonces Distrito Federal, era el segundo subterráneo construido en América Latina, después del de Buenos Aires, pero con la perspectiva de convertirse, por mucho, en el más grande en longitud y el de mayor capacidad para el traslado de usuarios.
Sin embargo, como si ese vital medio de transporte hubiese sido concebido solo para el siglo pasado, desde hace dos décadas los diversos gobiernos de la Ciudad de México apenas lo han extendido con una línea más. Ésta es la que corre desde Mixcoac hasta Tláhuac. ¡Desde entonces dejaron de invertirle!
A esa línea, desde sus inicios, la han acompañado errores de origen, tanto en el diseño como en la construcción. Lo anterior, aunado a una vergonzosa y evidente falta de mantenimiento. Por esa falta de mantenimiento, las palabras “Línea 12” rápidamente le han dado la vuelta al mundo. Obviamente para mal, ya que la noticia tuvo su origen en las imágenes desgarradoras generadas por el derrumbe.
¿Por qué no se le ha dado un adecuado mantenimiento al Metro? Son varias las razones que se han vertido al respecto, pero solo un argumento es realmente de peso: el gobierno capitalino tiene que subsidiar cada viaje de los usuarios en un 75% y simplemente no le alcanza el presupuesto. El actual costo de operación debe ser del orden de 20 pesos por viaje por persona, mientras que el boleto cuesta 5 pesos.
La otra tragedia, que representa el colapso del convoy destruye de golpe la imagen del político que entiende el dolor, que es capaz de sentirlo frente a la desgracia ajena e identificarse con ella. Esa percepción quedo hecha añicos la semana pasada. El inquilino de Palacio Nacional ha mostrado al país y al mundo que no conoce el significado de las palabras: sensibilidad y empatía.
Antes de mostrar un ápice de sentimientos, apareció duro e inconmovible, como si la tragedia fuera una incómoda provocación del destino. Consciente a cada instante de la batalla por el poder –la única que al parecer le importa–, prefirió solidarizarse con la atribulada Claudia Sheinbaum antes que con las decenas de familias enlutadas.
Lejos de actuar como cualquier otro gobernante lo habría hecho después de una desgracia de ese tamaño, descartó visitar a los heridos o convivir con los deudos. Y desdeñoso, aseguro que “no es mi estilo tomarme la foto porque es demagógico y de conservadores”. “¡Al carajo!”, espetó.
El domingo, una semana después de lo sucedido, en Paraíso y en Salina Cruz, no se ruborizo para posar frente a las cámaras y promover sus obras en plenas campañas electorales. Esa imagen, fue como una bofetada del tabasqueño en el rostro de las víctimas.
La reacción, y sobre todo esa última respuesta, es terrible. Y lo es porque revela la gran mentira. Quizá lo que sucede es que López Obrador engañó a México. El hombre detrás de la cortina no era el luchador social que decía entender mejor que nadie las heridas de los mexicanos más pobres, marginados y desamparados. Saludos amigos.