Por tanto, al Rey de los
siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los
siglos de los siglos. Amén. 1 Timoteo 1: 17
El reconocimiento de quién
es Dios viene después de una profunda reflexión de quién es y qué hace el
hombre aquí. cuando los seres humanos reconocen que Dios es todopoderoso,
inmortal e invisible describen a un Dios que conocen, pero que no han visto.
Es complicado porque el
reconocimiento nace de una profunda convicción que solo da la fe. El actuar de
Dios en el universo, en la tierra y en la misma historia de la raza humana da
una idea de ese Dios inmortal y todopoderoso. Cuando analizas el universo y lo
poco que conoces de él, quedas asombrado.
La distancia entre galaxias
escapa la imaginación; la cantidad de galaxias, estrellas, planetas y lunas es
algo que no se puede cuantificar con la mente finita. A muchos les resulta
imposible creer que todo lo que existe es hecho por Dios e inventan teorías de
cómo, a su entender, podría haberse formado el universo, pero el pensar en una
creación sin diseño deja al hombre más solo y vacío, sin sentido y sin
esperanza.
La sobrevivencia propia
entonces se vuelve una empresa netamente humana que muchos ven catastrófica.
Pero para los que creen en un único Dios todopoderoso, diseñador del universo,
de la tierra y de la creación misma de la vida del ser humano, todo cambia,
porque el mismo universo que deja a los hombres que no creen en Dios vacíos y
sin esperanza deja a los que sí creen en él asombrados y sobrecogidos por lo
poderoso, inmortal y eterno que es su Dios creador y sustentador de todo cuanto
existe.
La exclamación del apóstol
no es casual, ya que viene de la mente de un hombre que reconoce y sabe quién
es ese Dios y que, al mirar su poderío y eterna existencia, no le queda más que
exclamar lo que leíste en el versículo de hoy. Lo inimaginable es que ese Dios
todopoderoso te ama a ti y a mí.
¿Por qué? Porque es un amor
incomprensible que escapa de la lógica humana. Solo resta agradecer, inclinar
la cabeza y decir: «Gracias, Dios eterno e inmortal por amarme sin merecer».
Y, por supuesto, entendiendo
la gracia y la grandiosidad de ese maravilloso Dios, te invito a exclamar con
el apóstol: «A ti sea la gloria, por siempre y siempre amén».