Porque raíz de todos los
males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la
fe, y fueron traspasados de muchos dolores. 1 Timoteo 6: 10
Hace poco se hizo viral una
noticia acerca de una persona millonaria de Brasil que contrajo un virus le
obstruía sus pulmones. Lamentablemente murió jadeando durante los últimos
minutos de vida.
Su hija dijo en una
conferencia de prensa lo siguiente: «Mi padre murió porque no alcanzaba a
respirar el aire que es gratuito y que no nos cuesta nada. Los millones no
sirvieron de nada para prolongar su vida; se quedaron en casa».
La mayoría de los seres
humanos y de los gobiernos luchan desesperadamente por tener más, por controlar
los mercados internacionales, los tipos de cambio, las bolsas de valores, los
recursos naturales, etc., pero todo pasa.
Lo que hoy está, mañana ya
no; la potencia de ayer no es la potencia de hoy; la que rige hoy no sabe qué
le depará el futuro. Los humanos se desgastan consiguiendo el dinero para
después usarlo para conseguir lo que perdieron buscándolo: la salud, la paz, la
familia y, por supuesto, Dios.
El dinero no es malo en sí
mismo porque no tiene conciencia moral; solo es un bien. La persona más rica
del mundo y del universo es Dios y, sin embargo, usa todos sus recursos para
darle todo a sus hijos, pero estos se olvidan de él como dueño, y cuando tienen
un poco de lo mucho que Dios posee dicen: «Esto es mío».
Se llega a amar tanto al
dinero que muchas personas pierden todo escrúpulo y toda conciencia moral de
hacer el bien por él. Son capaces de mentir, engañar, defraudar, herir,
asesinar, entrar en guerras, dejar en la calle a mujeres y niños al punto de
convertirse en una bestia que todo lo devora a causa del dinero.
Lo triste del caso es que al
final todos mueren, tanto pobres como ricos. No importa lo que hagan, siempre
llegará el final. El que atesoró todo cuanto pudo no se lleva nada, sino que
todo se queda aquí, con la tristeza de haber perdido a su familia, a sus
amigos, su salud o cualquier otra cosa por el dinero.