· Ahora,
el torneo
se muda a EU, a los estadios con aire acondicionado donde el presidente de la
FIFA, espera para entregar la Copa junto a Donald Trump
CIUDAD DE MEXICO
Desde el Mundial de 1986,
México arrastra su propia mística de la derrota. Una herencia que se repite
como un mantra circular: clasificar siempre a la antesala de la gloria, para
luego desplomarse ante cualquier rival. A excepción de Qatar 2022 -donde no
superó la fase de grupos-, la selección hizo de los octavos de final su propia
barrera psicológica.
En la última función del
Estadio Azteca, iluminado por las luces de una tormenta eléctrica que demoró 60
minutos el inicio, Inglaterra demolió la esperanza de todo un país con el 3-2.
La diferencia fue suficiente para citarse con Noruega, en la instancia de los
ocho mejores, y dejar a más de 80 mil aficionados mirando en silencio los
restos de su propio naufragio.
En sólo dos jugadas del
primer tiempo, la maquinaria inglesa despertó a los locales de una ilusión
gigante. Jude Bellingham corrió el campo en un contragolpe, inmune a la altitud
de la Ciudad de México y la velocidad de la pelota, vio el centro de Bukayo
Saka y se lanzó de palomita para mandar el balón pegado al poste (36). Un par
de minutos después, Harry Kane retrasó una pelota en el área y el propio
Bellingham entró casi cayéndose, venciendo la estirada del arquero Raúl Rangel.
Dos ataques, dos goles. Entonces, el silencio que bajó de las gradas no fue el
de la sorpresa, sino el del reconocimiento. El monstruo familiar, ese viejo
conocido, había vuelto.
Hubo después una tarjeta
roja para el inglés Jarell Quensah por una plancha sobre Jesús Gallardo, un
amago de golpes junto a las bancas, los gritos desesperados de los técnicos, el
VAR dictando sentencias en la pantalla gigante y la lesión de Santiago Giménez.
Pero el destino tiene un guion rígido. En el segundo tiempo, Pickford mandó un
despeje larguísimo, un balón que superó a los centrales mexicanos. Anthony
Gordon corrió a la espalda de Johan Vásquez y Rangel salió tarde, torpe,
atropellando al atacante. Penalti. Harry Kane tomó la pelota. Caminó hacia el
manchón del área con la tranquilidad de un verdugo y puso la pelota lejos,
inalcanzable para Rangel.
A pesar de la desventaja, el
orgullo del anfitrión se negó al fracaso antes de tiempo. Kane pateó a Brian
Gutiérrez en su propia área, el VAR llamó de nuevo y Raúl Jiménez convirtió el
penal de la ilusión (68). El 3-2 fue apenas un amortiguador para el golpe, una
dosis de anestesia para un pueblo que ha hecho del sufrimiento un rasgo de
identidad.
Cuando el partido terminó,
los más de 80 mil aficionados se quedaron mirando la cancha vacía. Fue la
última función del Mundial en el Azteca. Ahora, el torneo se muda a Estados
Unidos, a los estadios con aire acondicionado donde Gianni Infantino, el
presidente de la FIFA, espera para entregar la Copa junto a su amigo Donald
Trump.(La Jornada)